Élan vital
Los que me seguís con cierta asiduidad sabéis que mi estado ideal –y que idealizo- es el de ausencia de obligaciones laborales y, en cierta medida, sociales. Vamos, que mi meta en la vida es estar permanentemente de vacaciones. No a cualquier precio, que uno está acostumbrado a lo mejor, sino a un precio que, hoy por hoy, veo allí en las alturas. Como eso aún no está a mi alcance a pesar de mis denodados esfuerzos por conseguirlo, tengo que conformarme con tener un mes de vacaciones al año, como casi todo hijo e hija de vecino. A lo que iba. Las vacaciones es mi período perfecto. Este año decidí –decidimos, que para tema tan vital uno tiene que contar con su entorno- añadir unos toques de fantasía a mi holganza y, como en los mejores cuentos, viajé a un país lejano al menos físicamente porque, normalmente, suelo tener diariamente a ese País a un par de metros de mis narices, justo cuando enciendo la “tele”. Allende los océanos que diríamos los románticos instalados en la primera fase del romanticismo. Así que me instalé en las tripas del pájaro de acero, vulgarmente llamado avión, y llegué a la costa este de los EE.UU. Concretamente al aeropuerto de Newark en New York. Estar en una ciudad como New York –capital compendio de todas las civilizaciones del mundo conocido y de parte del desconocido- en vacaciones ascendía mi grado de ilusión. Si, además, te pasean por las calles de New York en una limousine como si la calabaza de la Cenicienta se tratase, aquella quimera con la que soñaba en los momentos de agobio laboral, comenzaba a vislumbrarse. No digamos si esa calabaza-carroza te lleva hasta Broadway para ir al teatro, a ver un espectáculo musical. El fantasma de la ópera, por ejemplo. Es una auténtica gozada y ya imagino como vuestros dientes se van alargando poco a poco. Aunque aquello por lo que realmente todos y todas los que me leéis sentiréis envidia, es contemplar mi felicidad al ver las caras sonrientes de Flors y Rosa .
Y como lo prometido es deuda , os dejo un “pedacito” de esos momentos…

